Crueles Aplausos (y II)

En su momento, cuando fue aprobada por el Congreso, ya escribí un post en relación a la "celebración", por parte de la Ministra Aído (o Aída) y demás diputados afines, de la aprobación de la nueva ley del aborto. Ayer se aprobó en el Senado, y de nuevo hubo sonrisas y flashes. Una sonrisa que proyecta una alegría por conseguir lo que consideran un derecho, negando la esencia de otro ser y su propio derecho a ser.
El tema del aborto es muy profundo, ya que los conceptos de los que se habla nos superan. Genera tanta controversia porque no tenemos un concepto claro de lo que es la vida. No dominamos ciertos aspectos, no sabemos definirlo ni conceptuarlo, y por eso, desde que tenemos capacidad de raciocinio, el hombre tiende a buscar en los dioses las respuestas de algo que lo que sí tenemos claro es que terrenal.
Por más que llevemos siglos pensando sobre qué es la vida, no conseguimos llegar a conclusiones determinantes. Nos vamos acercando, sí, y por eso hoy en día sabemos que no es digno ni legal la esclavitud, ni por supuesto matar y dañar... pero aún no se ha definido el momento clave en el que la vida empieza a ser vida, y es por ello por lo que el aborto conlleva tantas discusiones y controversias. Porque, por cuestión de meses, pasamos de un derecho a un delito. Acabar libremente con la vida de un feto de tres meses es un derecho... y hacer lo propio con un recién nacido es un delito.
Pero profundicemos un poco más: sí tenemos claro cuándo se acaba la vida, que es el momento de la muerte, cuando dejamos de respirar. Y, a pesar de que no tenga vida, el cuerpo humano de un difunto aún mantiene ciertos derechos, derechos relacionados con su dignidad. Por eso, es un delito penado la profanación de cadáveres y todo aquel acto que suponga no respetar el descanso eterno, con independencia de las creencias religiosas sobre el alma y el más allá.
Y, sin embargo, el cuerpo de un ser que ya tiene un corazón que late, que se mueve y, lo que es más importante, que tiene vocación de ser persona... no tiene derecho a vivir dentro de ese plazo que la ley estima.
En fin, está claro que el debate del aborto requiere un debate anterior sobre la vida. A pesar de eso, el Senado votó que sí a la ley y la ministra y sus secuaces lo celebraron con palmas, sonrisas y abrazos. Y esa imagen es triste... muy triste, ya que el aborto, por sí mismo, es una tragedia siempre. Por eso es incomprensible que los políticos celebren con risas esta ley... porque es tan incomprensible como celebrar con risas lo bien que ha salido un entierro.