Los Indignados Ya Huelen A Chamusquina

Esto ya empieza a oler... y muy mal. Los Indignados ya no son esos ciudadanos que se concentraban en las plazas pidiendo mejoras en nuestro sistema democrático de forma pacífica. Ahora, parece que los más radicales se han acogido a esa etiqueta para seguir con esa lucha desde una forma más agresiva. Ya no basta con chicllar desde una plaza... ahora toca ir a los parlamentos y escupir a las chaquetas de los políticos.
Las imágenes que dejan estos jóvenes ya no son tan de buen rollo como lo eran el 15 - M. Algunos han dado un paso más, en cierta manera porque se creen capacitados para hacerlo, ya que se han dado cuenta de que si se juntan más de mil, la policía ya no va a actuar. Al menos, mientras el ministro Rubalcaba les deje ir a sus anchas. El ministro candidato quiere que este movimiento se desinfle por sí solo, es más, reza por ello, porque por nada del mundo quiere que su electorado le vea como el ministro de la policía que oprime a los jóvenes. Pero, el hombre no se da cuenta de que, por evadir imágenes de palos, lo que está consiguiendo es dar alas a estos jóvenes radicales que se han perdido en el mar de las reivindicaciones, porque ya nadie sabe qué piden; ahora sólo sabemos que insultan y escupen.
Por otro lado, habría que hacer una reflexión sobre este fenómeno como hecho mediático. Hoy en día, parece que la capacidad de generar noticias es cada vez más fácil para cualquier individuo. Ahora hay cámaras por todos lados, y no me refiero a los de las cadenas de televisión. Cada individuo tiene una cámara en su móvil, y las fotos que hacen pueden ser vistas por multitud de gente en muy poco tiempo gracias a internet. la comunicación va a tal velocidad que genera efectos positivos... pero también negativos. Hoy en día, los jóvenes parecen perseguir las noticias, crearlas, formar parte de ellas. Y no hay más que fijarse en la actitud exagerada de mucha gente en cuanto sabe una cámara le enfoca.
Estoy seguro de que muchos de los Indignados, tanto los primeros de las plazas como los violentos de ahora, flipaban en colores al verse encueltos en una noticia que no sólo daba Matías Prats en su noticiero intergaláctico, sino que también era portada de periódicos y telediarios de todo el mundo. Los violentos de ahora parecen salidos de los primeros cursos de las universidades, deseosos de que una cámara les pille con la vena al cuello pidiendo cosas que, algunas son justas, muchas son utópicas, y casi todas imposibles; al menos desde los cauces por los que ellos quieren.